Cuestión de prioridad

Ana Morales Real

Resumen


–¿Cómo que no puedes levantarte?

–Ayúdame mamá, me duele mucho.

Si no estuviésemos de vacaciones, habría pensado que era una trola para no ir a entrenar; pero ese día no había entreno, ella estaba pálida y una lágrima se dirigía a la barbilla, solo una.

–Levántate despacio y apóyate en mí; ayer no hiciste el calentamiento antes de nadar, será una contractura –le dije para no preocuparla.

Su respuesta fue un gesto de dolor. 

Encorvada pudo dar apenas tres pasos, y ante las dudas de si frío local, calor seco, gel relajante o antiinflamatorio oral, opté por ir al Materno Infantil para mi tranquilidad.

Avisé a la vecina para que cuidase de mi hija pequeña mientras el padre venía a recogerla.

–Llévate provisiones, porque a urgencias sabes cuando llegas, pero no cuando sales –me dijo con guasa.

El taxista me dejó en el quiosco de la entrada del hospital y allí me agencié de un kit de espera: sudoku, autodefinidos y botella de agua de litro y medio. Con esto y el libro que traía de casa, amenizaría las tres horitas que, según mis cálculos, estaríamos allí.

En recepción, di explicaciones breves del motivo por el cual acudíamos a urgencias y los datos de la tarjeta sanitaria.

–Vayan a la sala de enfrente y espere a que le llamen.

Aquí comenzaba algo llamado triaje, palabra que oía por primera vez y que me sonaba a competición en tres modalidades.

No había abierto el libro de sudokuscuando nombraron a mi hija. La entrevista en una sala pequeña fue rápida y la explicación al enfermero del motivo por el que estábamos allí, algo más detallada. Tomó nota y no recuerdo si la temperatura; nos derivó a otra sala mucho más grande:

–Pasen a esa sala de allí –nos señaló con el dedo.

La sala de enfrente era un hervidero: mocos y toses se mezclaban con los aspavientos de padres enfadados porque quienes  entraban en las consultas tardaban en salir, otros, cuando salían, decían que les habían dedicado menos tiempo que a las anteriores; también estaban los encantados, porque les habían mandado un montón de medicinas.

Había una familia al completo para traer a un niño con una erupción cutánea, se habían desplegado de forma estratégica y cubrían cada salida o puerta por la que pudiera aparecer alguien con pinta de médico. 

A mi hija la habían sentado en una silla de ruedas y colocado una pegatina con su nombre en el jersey; a mí, otra pegatina, creo que ponía: “acompañante”.

–Oiga, han entrado cuatro que han llegado después que nosotros- gritó la abuela del niño con erupción. 

–Señora, esto no funciona así, tenga paciencia –la tranquilizó un celador.

-¿Cómo funciona?, porque el niño que acaba de entrar no tiene pinta de estar malo y mire mi nieto, está encendidito.

–Le han dado un antihistamínico y puede esperar, hay otros casos más urgentes señora, y procure no gritar que hay niños enfermos.

–¿Qué me está diciendo?, ¡¿Qué lo de mi nieto no es nada?!

–Lo que le digo es que como siga gritando se va tener que ir fuera, que solo puede haber un acompañante por paciente y con ustedes estoy haciendo la vista gorda.

Por un momento pensé que la señora se le lanzaría a la yugular, pero se limitó a contarle lo del sarpullido a otros familiares recién llegados:

–¡Y aquí nadie nos echa cuenta! –intentaba poner al tanto a amigos y al resto de la sala.

Ni que decir que el tiempo de espera fue largo y aunque amenizado por la escena familiar, por fin, llegó nuestro turno. Hicimos el paseíllo hasta la consulta custodiadas por la mirada asesina de la súper abuela:

–Seguro que es una enchufada, ha llegado mucho más tarde que nosotros –algunos asintieron, la mayoría la ignoró.

Cuando pasamos a la consulta, seguía el murmullo de fondo. Por un momento pensé en lo difícil de trabajar con personas que exigen ser, si no los únicos, sí  los primeros, y lo complicado de atender a pacientes sin casi desconectar del anterior.

Allí la vio una doctora que le palpó la columna desde el sacro hasta el cuello:

–Gira la cabeza a la derecha, ahora a la izquierda, despacio inclínala hacia atrás, ahora hacia adelante. 

Continuó con todas las articulaciones, y concluyó mandándole una radiografía de columna y una analítica.

–Cuando estén los resultados la llamaremos de nuevo, esperad en la misma sala –añadió.

Aquello empezaba a animarse, el niño de la erupción no paraba de echar monedas en la máquina de los aperitivos y ahora era el abuelo el que amenazaba al guardia de seguridad.

Esta vez opté por esperar con los autodefinidos, el sudokunecesita más concentración; terminaba el segundo cuando nos llamaron a la sala anterior. Había una doctora distinta, que tras examinar la radiografía y estudiar la analítica, hizo una llamada a otro colega. Yo percibía que la atención tomaba un tono distinto, no había prisas y las preguntas eran más concretas:

–¿Ha tenido fiebre en las últimas dos semanas?

—Sí, tuvimos que ir al centro de salud porque le dio fiebre alta, pero alternó ibuprofeno con paracetamol y a la mañana siguiente estaba limpia.

–¿No se ha quejado de dolor en todo este tiempo?

—La verdad es que no.

—¿Ha estado en contacto con animales en veinte días o un mes? 

–En la granja escuela, y sí, hace aproximadamente veinte días.

A este interrogatorio se había incorporado un señor con bata blanca que también examinó las pruebas y que por sus palabras deduje que era el colega del otro lado del teléfono, miró a la doctora y le confirmó:

–Esto no es de trauma. Fue este médico quien me dijo que había que hacerle un escáner. A partir de ahí solo veía el movimiento de sus labios diciéndome algo que yo no quería escuchar. Luego más médicos, los veía pasarse los informes y examinar el escáner, señalaban, comentaban y se miraban en silencio. Esto se me hizo mucho más largo que el tiempo de espera en la primera sala. 

El mismo doctor que me comunicó lo del escáner se me acercó con voz grave:

–Tiene que quedarse hospitalizada.

De nuevo silencio, ahora no solo no podía oír, tampoco me salían las palabras.

–No es una contractura, ¿verdad? –creo que no llegué a verbalizarlo.

–Hemos detectado algo en la columna vertebral y debemos actuar de inmediato.

Ese algoretumbó en mi cabeza, las cosas indefinidas me suelen inquietar.

De inmediato actuaron; antes de que yo recuperara el habla, estábamos las dos en una habitación con tres niños más y sus respectivas madres pendientes de ellos. Ellas no lloraban, yo sí y esto me hizo sentir aún peor.

Era un veintisiete de diciembre y a partir del veintiocho dejé de llorar, no tuve tiempo ni ganas. 

Le habían cogido una vía y esa misma noche empezaron con la tanda de antibióticos. A la mañana siguiente, pruebas y más pruebas, llamadas, paciencia. Me sorprendí riéndome con las demás madres y con la sensación de que todo iba a salir bien. 

Por fin, con los resultados de las miles de pruebas  a ese algo, se le puso nombre. Se llamaba bacteria y la aplicación inmediata del tratamiento antibiótico “fue concluyente”, palabras del facultativo, no mías.

En dos días, los cuatro vecinos de cama y las ocupantes de los sillones, nos convertimos en una pequeña familia. Medíamos las horas por las visitas del personal sanitario y el sonido de las ruedas de los carros de comida. Celebrábamos la más mínima evolución de cualquiera de ellos y todos aplaudimos el primer día que mi hija caminó hacia el baño, agarrada a la percha de los sueros y con la espalda recta. 

Faltaba la gammagrafía, que estaba prevista para el dos de enero.

Ese fin de año lo pasamos en el hospital, pero no hubo caras tristes, porque no lo estábamos. El personal de guardia brindó a las doce en la habitación de al lado, donde solían descansar y tomar café. A ellos tampoco se les veía tristes, a pesar de tener que trabajar esos días en los que nos gusta estar en familia. Tenía la sensación de estar en la casa de los mejores anfitriones. 

Mi hija mejoraba con el tratamiento, sólo quedaba el resultado de la “gamma”, como los médicos la solían llamar, y con suerte la noche de Reyes la pasaría en casa. La doctora se lo había tomado como algo personal, decía que esa era una noche mágica para los niños.

Le hicieron la gammagrafía, “no puedes moverte” le dijeron, y a pesar del frío de la sala, no lo hizo. “Una cosa menos” pensé mientras cruzaba los dedos, ahora solo quedaba esperar.

Los resultados estarían, según la doctora, la víspera de Reyes. Pero los informes no llegarían hasta el día seis, «es un tema administrativo y las oficinas cierran el día cinco»

No sé cómo, pero la víspera de Reyes consiguió los resultados y mi hija durmió esa noche abrazada a su hermana, con la emoción de oír a los camellos atravesar el pasillo. 

Esa bacteria podía habérsele instalado en cualquier parte del cuerpo, visible o no, suelen cogerse en sitios donde hay animales de granja. Mi hija había recogido estiércol en la granja escuela y se trajo ese regalito instalado entre dos vértebras.

Lo acertado del diagnóstico y la rapidez en la aplicación del tratamiento hizo que se atenuase la actividad de dicha bacteria y que no dañase la columna con lesiones más graves e irreversibles.

Podría pedir disculpas a la familia del chico de la erupción, porque le atendiesen después que a nosotras, pero prefiero agradecer al personal de Urgencias que a mi hija se le diese prioridad.